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Unos ferrocarriles en las entrañas de un territorio de payés

Girona, Olot, Palamós, Amer, Cassà de la Selva, Llagostera

A caballo entre los siglos xix y xx, los ferrocarriles de vía estrecha construyeron un nexo de unión entre diferentes pueblos y ciudades de las comarcas gerundenses que, cuando el tren desapareció, se mantuvo con las vías verdes. De Girona a Olot, con paradas en Sant Feliu de Pallerols o Amer; de Girona a Sant Feliu de Guíxols, con paradas en Cassà de la Selva o Llagostera; de Palamós a Flaçà, con parada en La Bisbal, para citar solo algunas de las poblaciones, los trenes comunicaron los pueblos y sus gentes, los territorios y sus producciones agrícolas e industriales.

 

Dificultad Mínima

Transporte Pie o en bicicleta

Tipo de secreto Paisaje industrial

1.Mercado del Rengle d’Olot (1990). Josep Maria Julià. Fons Diari de Girona. CRDI Ajuntament de Girona. 2. Grupo de payeses volviendo del mercado de Olot (1913). Col·lecció Josep Bromsoms Nadal. CRDI. 3. Retrato de trabajodores del ferrocarril (1940). Colección Ayuntamiento de Girona. CRDI. 4. AMSFG. 5.  AMSFG.

 

Los trenes de vía estrecha resultaron un catalizador de la sociabilidad popular de payés. Los acontecimientos colectivos, como los mercados, las ferias, los encuentros o las fiestas patronales ampliaron su radio de atracción. Nada impedía que payeses, marchantes o pretendientes se trasladaran de punta a punta de las líneas para asistir al acontecimiento que más les conviniera.

Las payesas de Sant Feliu de Pallerols, Les Planes o Sant Esteve d’en Bas se presentaban al mercado del Rengle de Olot, todos los lunes y viernes, para vender el resultado de su trabajo en la tierra. Algo parecido hacían las de Anglès, Bescanó o Salt, en la ciudad de Girona. O las de Santa Cristina o Castell d’Aro, que nutrían Sant Feliu de Guíxols. En este caso, el tren sirvió para que la participación de las mujeres en la economía familiar tomara un cariz diferente del que había tenido hasta entonces. Las mujeres iban y venían, compraban y vendían, y esto, antes del tren, no se había hecho nunca tan evidente.

Pero no todo era vivir para trabajar. También había un espacio reservado a la diversión, a la cual los trenes sirvieron de una manera eficaz. Los trenes más esperados, los que eran más bonitos, eran los que se disponían para llevar a las personas a las ferias o los aplecs (‘encuentros’) sardanistas. El día señalado, el tren partía con todos los coches disponibles y con un par de locomotoras delante, que silbaban doblemente para anunciar la alegría general.

Ferias y mercados

Los ferrocarriles de vía estrecha de Girona, como habían pretendido todos los ferrocarriles del mundo, querían poner en movimiento las riquezas de los territorios que atravesaban, inmovilizadas por la falta de vías de comunicación eficientes y por el escaso avance que habían hecho, en estos territorios, las luces del conocimiento. Este era un argumento, cuando menos, que hace más de cien años se consideraba muy consistente. Por este motivo, los ingenieros que trazaban las líneas de ferrocarril tenían muy presentes las poblaciones con las ferias y los mercados más importantes, para hacer pasar el tren por ellas y que sus producciones circularan sobre los vagones y proporcionaran, sobre todo a los promotores del ferrocarril, buenos rendimientos económicos. Por lo tanto, resultaba natural que ciudades destacadas por su industria y comercio, como Girona, Sant Feliu de Guíxols, Palamós u Olot, estuvieran comunicadas por ferrocarril. Pero también se consideraba que poblaciones como Amer, Cassà de la Selva, Llagostera o La Bisbal, con mercados y ferias de un gran dinamismo comercial, podían contribuir favorablemente al progreso general si se las comunicaba con los trenes.

La Feria de Amer

Cuando el ferrocarril llegó a Amer, sus ferias se contaban entre las más importantes de la provincia. Se celebraban por Reyes, San Isidro y Todos los Santos. Coincidían con los ciclos de un mundo que vivía de la tierra. Se trataba de unos mercados en los que se comerciaba con ganado y se daba salida a los excedentes de las producciones locales de castañas, avellanas, patatas o legumbres. También servía para que llegaran productos que, por el clima, no se producían, como por ejemplo vinos y aceites. Amer era conocida, además, por su industria del carboneo y por la de aros y dogas para pipas y botas, por lo cual acudían productores de vino y aguardiente de todo el país. Aun así, a medida que corría el siglo xx, la sociedad tradicional se transformaba y, con los cambios, desapareció la demanda que daba sentido a muchas de las iniciativas locales. El bosque dejó de ser productivo. La población también perdió, poco a poco, el carácter eminentemente agrario. El tren, naturalmente, se resintió, porque las ferias desaparecieron y, con ellas, muchas de las mercancías que había que transportar.

En tren en la fiesta mayor

Cuando llegaba el verano llegaban, también, las fiestas patronales, que hacían realidad el dicho «en el estío por todas partes hay casa». Si se pasa el ciclo anual de los «trens petits» por el significado del dicho entenderemos, enseguida, que el verano y sus fiestas patronales eran la mejor temporada para la economía de las compañías privadas que explotaban los ferrocarriles. Con la temporada de fiestas patronales en las poblaciones de las líneas, que tenían una gran predicación en todas las comarcas gerundenses, la afluencia de viajeros a los ferrocarriles se volvía extraordinaria. Para responder a la demanda, las compañías ponían en circulación trenes especiales de todo tipo, lo cual con el tiempo les dio muchos dolores de cabeza, especialmente, después de la Guerra Civil, debido a la precariedad en que se encontraban las vías y los trenes. Porque las magnitudes humanas que movían a mediados de los años cuarenta del siglo xx eran imponentes: por las Ferias de Girona, el tren de Olot transportaba a cinco mil viajeros en un solo día, y tres mil el de Sant Feliu de Guíxols.

El excursionismo y los ferrocarriles de vía estrecha de Girona

El excursionismo, una nueva moda que llegó con el siglo xx, tuvo en el ferrocarril a su mejor aliado. Los grupos de excursionistas quedaban muy temprano en las estaciones y cogían el tren para que los llevara a los destinos que les tenían que asegurar una larga jornada de contacto con la naturaleza. Por la línea de Olot, después de un viaje en tren, se dirigían al Puigsacalm, al valle de Llémena, a La Salut o al Bassegoda. Por la de Sant Feliu, frecuentaban los bosques de encinas de Les Gavarres o iban a tomar baños de sol y de mar en S’Agaró. Era frecuente, también, que los excursionistas organizaran aplecs, en los que toda la masa social de la entidad que les acogía se reunía en una ermita remota para celebrar una santa misa, bailar sardanas, practicar gincanas y cucañas. Nos tiene que resultar envidiable el heroísmo de los músicos de las coplas que ascendían por los senderos, por ejemplo, los del santuario de La Salut, con los instrumentos a cuestas, para proporcionar a los excursionistas un día musicalmente agradable.

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